XI PREGÓN en honor a la SANTÍSIMA VIRGEN DEL ROCÍO a cargo del escritor y periodista Manuel M. Molina Cano

1993 - Rocío Olivares por Manuel M. Molina Cano

Sábado 8 de Mayo de 1993 Capilla de la SANTA VERA CRUZ Olivares (Sevilla)
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Lleno de tu Amor venía, inundado de tu gracia por entero, y ahora con esta medalla se han reposado mis nervios. Quiero hacer de mi palabra un camino rociero y apoyarme en este báculo de tu imagen en mi pecho; que ella serene mi alma y aleje todos mis miedos.


Porque se había quedado, tan lejos, de repente, el reposado silencio y la callada quietud de mi querido compás de San Vicente desde el que vengo... Queda­ron allí mi Jesús de las Penas y su Madre Dolorosa... Más su bondad y su sosiego los reencuentro aquí de pronto, en esa imagen de Jesús de la Salud en el madero del Amor clavado; en esta Virgen de la Antigua, Reina y Señora por igual de Olivares y Sevilla; y sobre todo en esa transparencia sin mancha que proclama, del Rocío, tu Simpecado.


Y al verme ahora aquí, postrado ante tus pies, delante de esta gente que sabe como nadie pregonarte, porque como nadie sabe, Madre, de quererte, sien­to venir de Ti, Señora, hasta sin verte, tanto amor, tanta paz, tanto con­suelo, que entiendo que el futuro está lleno de esperanza, desde el momento mismo en que del llanto amargo pasaste a la sonrisa.


Y me encomiendo a Ti, Rocío del cielo, para decirte lo que tus hijos te dirían desde el silencio. Estoy en el lugar que ellos quisieran, estoy en el lugar que es sólo de ellos, porque nada hay más hermoso en esta vida que el rezo cotidiano de este pueblo.


Estoy en el lugar que ellos quisieran... usurpando el honor del pregonero.


Por eso, humildemente, te suplico me concedas tu perdón por mi arrogan­cia, me cobije tu manto generoso y hagas de este pregón eco y reflejo de todas sus plegarias. Y te elevo la mía, Madre y Señora, en nombre de tus hijos rocieros.



Bendita sea, Virgen Mía, tu pureza,

Inmaculada Blanca Paloma,

y eternamente lo sea,

por senderos y caminos,

por arenales y lomas,

pues todo un Dios se recrea,

cuando por Pentecostés

la primera luz se asoma,

en tan graciosa belleza.

A Ti, celestial Princesa,

que eres Reina de Marismas

y de estas almas Señora,

Virgen Sagrada María,

te ofrezco en este día

alma, vida y corazón,

la de ellos y la mía,

a través de este pregón.

Míranos con compasión,

que mi voz no se quebrante,

porque está llena de amor,

y no nos dejes Madre Mía,

porque Olivares te ama

y quiere que seas su Guía.

Amén.



* * *















De Ella se dicen mil cosas y se cuentan mil milagros. El primero, que Ella misma se fue del cielo bajando para aparecerse a alguien en el hueco de un gran árbol.


Y hasta los hay con maldad, las devociones negando, que dicen que fue la idea de un señor con gran Ducado que la puso en aquel soto y que envió a sus man­dados, para que al hallarla en él, creyéndose ante un milagro, le entregaran su fer­vor... y ya su amor conquistado no volvieran a negarse a ir allí con el ganado.


Pero también dice, un libro, que fue Alfonso X el Sabio quien, corriendo el siglo XIII, hasta aquel lugar la trajo, cuando conquistó Sevilla su padre Fernando el Santo.


Y en una pequeña iglesia, que apenas era capilla, la puso sobre el altar y la llamó de Rocinas. Y como tal le rezaron, a sus plantas, de rodillas, prendidos de su belleza, aquellas gentes sencillas que se iban a cazar, que trabajaban la tierra o carbo­nes encendían por los sotos y quebradas de aque­llas anchas marismas, sin temer a los infieles que en tierra de Niebla había.


Le llamaron el Rey Sabio. Y vaya si el rey sabía cómo alegrarle las almas a aquellos que le se­guían, a los que eran sus vasallos y ver felices quería; a los que con tanto ardor sus dominios defendían y protegió con el manto de María de las Rocinas.


Desde Niebla, el sarraceno, mil incursiones hacía; benimerines salvajes, granadinos que venían desde su lejano reino en sangrientas correrías; sangre noble derramada, campo de mieses que ardía, gente con miedo en los ojos, temblando de noche y día; y la Virgen en su iglesia, y alrededor la estampida, que los infieles son muchos y hay que dejar las marismas...


Mas como la quieres hoy,

también la querían aquellos

y no pudieron dejarla,

cuando del lugar se fueron,

expuesta a los mil peligros

que venían del sarraceno.

Bendita sea aquella alma

que, pese al peligro cierto,

la tomara entre sus brazos

con mil estremecimientos,

para buscar para Ella

el lugar más en secreto.

¡Y bendito el acebuche,

que en el soto más espeso,

nos la guardó del peligro

mientras que pasaba el tiempo!



Debía estar ya nacido a esas alturas, y aún mucho antes, este Olivares, inmenso cofre de tradiciones y de arte.


Porque hay restos romanos en su término, los de todo un acueducto entre ellos, que por Las Cabezas, desde la altura del cerro, llevaba el agua desde Tejada, desaparecido pueblo, hasta la ciudad de Itálica, que andaba ya floreciendo.


Aunque habrá de ser después, con don Pedro de Guzmán, a partir de ese primer conde de Olivares, cuan­do la ciudad se extienda, cuan­do vaya a tomar auge, que ha de ser mayor aún, de manos de don Gaspar, que hace que en belleza gane.


Es don Gaspar Conde‑Duque y a ambición no hay quien le gane para que este pueblo sea orgullo de los Guzmanes, y junto al Palacio hará Colegiata iniguala­ble, hasta verlo convertido en joya del Aljarafe.



* * *



Un siglo debía haber pasado por entonces desde que un alegre día una noticia corrió por Andalucía, se había extendido veloz llegando de las marismas: en los albores del XV de Mures un cazador, que se llamaba Medina y gustaba frecuen­tar malezas de Las Rocinas, había encontrado en su árbol a esa Pastora Divina, a la siempre recordada Virgen que quedó escondida.


Lejos ya el peligro infiel,

le harán una nueva ermita,

que con diez varas de largo,

tan pequeña, la cobija,

pero que es fruto de amor

de tanta gente sencilla

que no hay Virgen más feliz

en cualquier ciudad o villa.

Un siglo de soledad,

entre arbustos escondida,

un siglo de noche eterna

tan lejos de tu capilla,

hasta que aquel cazador,

aquel Gregorio Medina,

se encontrara de repente

con tu divina sonrisa.

Y por eso te erigieron

aquella pequeña ermita,

para darte otra vez casa

en medio de tus marismas,

en esas en las que reinas

y en las que nunca te olvidas

de aquellos que, tan lejanos,

tienen duelos o alegrías,

pero que todos los años,

Pentecostés, qué gran día,

en hermandad ejemplar

hasta tus pies peregrinan.

Olivares, desde siempre,

correr a verte quería;

Olivares, desde siempre,

soñó con tu romería;

cada uno llevó en su pecho

muy grabada tu sonrisa,

mezclando ese amor, en sueños,

con lágrimas de alegría.



* * *



Antes fue Villamanrique, o Mures, desde donde cazadores, campesinos y algunos señores de la villa comienzan, tras el hallazgo de la ima­gen, a peregrinar hasta esa pequeña capilla que en su honor han levantado. Apenas tiene diez varas, ni nueve metros de largo, pero es de gran fervor tan adecuado escenario que se extiende por do­quier, que a todos les va llegando el eco de que otra vez está en marismas reinando.


Porque esta gente la quiere y la estuvo recordando mientras se quedó escondida. Y ahora, al verla, está gozando.


Y a esa asociación mureña que dio los primeros pasos, cuando el mismo siglo XV apenas había empezado, seguirán, como hermandades, la propia Villaman­rique, Pilas, Palma del Condado, Sanlúcar de Barrameda, corazón tan gaditano, desde Rota y de Moguer, otras seguirán llegando, y El Puerto Santa María también se puebla de hermanos.


Mientras Almonte que tiene, en su seno, el Santuario, se acoge en el XVII al bendito patronazgo de esta Virgen del Rocío que nos tiene enamorados, y cuan­do aprueba sus reglas, el XVIII mediado, se dice que un siglo antes el Amor fruto había dado. Y se recogen en ellas, bajo un conjuro sagrado, lo que las otras hacían cuando iban peregrinando a postrarse ante sus pies y gozar bajo su manto.


Peregrinos andaluces:

dejad, unos días al año,

todo aquello que no sea

vuestro fervor mariano.

Enjaezad las carretas

o buscaros un caballo,

o haced la gran penitencia

de llegar a Ella andando,

porque en la ermita, la Virgen,

está impaciente esperando

por oír vuestras plegarias

y aliviaros los quebrantos,

por sonreír con los cantes

con que vais piropeando

a esa que es Blanca Paloma,

que te consuela en tu llanto

al sentirte protegido

bajo su bendito manto.

Y que Olivares despierte,

porque está el siglo empezando

y aún no tiene una Hermandad

por el camino rodando

para ir todos en familia,

en carreta o a caballo,

hasta llegar a la ermita

como otras ya van llegando.

Y que Olivares despierte,

porque el lunes, clareando,

la Virgen no va contenta,

parece que va llorando,

al no ver, entre los otros,

de este pueblo el Simpecado.

Y se despertó Olivares,

¡porque no quería ver

cómo lloraba su Madre!



* * *



¿Cómo contaros historia que lleváis en vuestro pecho? Sesenta años avalan vuestro sentir rociero. Doce lustros de camino que para muchos fue ejemplo, por la batalla ganada cuan­do en los años de miedos os lanzasteis a la senda de las marismas del cielo.


Fueron muy pocas familias que un Simpecado tejieron; sobre blanco inma­culado oro fino le pusieron, como medalla y escudo del amor olivareño.


Y fueron a hacer camino, por veredas y senderos, entre trigales y pinos, entre juncias y romero, caminando entre estrecheces, sintiendo el frío en los huesos, con animales prestados, comiendo un poco de que­so, soportando los insultos de aquellos que no entendieron que el Amor que ellos sentían por nuestra Madre del cielo era escudo protector contra el apedreamiento.

El primer año con Gines y después, camino abierto, corriendo al Acebuchal, donde estuviera en secreto nuestra Pastora esperando con su gente el reencuentro.


Ya es Hermandad Olivares; y lo canta en los senderos por los que pasa gozosa, por los que va dando ejemplo, por los que va pregonando con orgullo rociero que el número dieciocho, aquél de su nacimiento, ha logrado conservarlo y traerlo a nuestro tiempo.


Que no ha de perderlo nunca, mientras un olivareño tenga un hálito de vida metido aún en su cuer­po, porque el último suspiro será de amor rociero.


Que empezaron, la Hermandad, bien metidos en un tiempo en que, el Amor a la Virgen, era odiado por aquellos que habían dejado al rencor nublarles los senti­mientos. Y la siguieron después, con una gue­rra por medio, los jóvenes en el frente, el Simpecado con viejos, aquellos soñando siempre y éstos rezando por ellos a esa Virgen del Rocío que se esforzó en protegerlos, que salvó la vida a muchos aunque otros sí que murieron y se fueron junto a Ella, alcanzado el gozo eterno.


Y quizás por eso el blanco Simpecado olivareño, con el paso de los años de color rojo se ha vuelto.


Empezaron el camino sin llevar tamborilero y en el camino encontraron uno bajado del cielo. ¿Porque cómo explicas tú que perdida en los senderos se encontra­ran a la hija del primer tamborilero?


De cinco panes y peces gente por miles comieron; los multiplicó Jesús, nos lo dice el Evangelio; y para todo un camino, un cuarto kilo de queso se llevaron una vez porque no había más sustento.


Y una carreta que cae desde el puente de Aznalcázar, y una rama se des­prende sobre un toldo que se raja... y aunque hay tanta gente dentro, a nadie le pasa nada.


¿Cómo no creer en Ella, que es la que siem­pre te salva? Y es la que siempre sonríe, cuando Canelo se escapa y va a robar unas velas que a Olivares hacen falta por no tener que ir a oscuras, antes de la madrugada, al Rosario de Hermandades, a un rezo que nunca faltan.


Por eso quiere Olivares, tener guardado en su pecho, ese feliz dieciocho, aquél de su nacimiento. Y ha logrado conservarlo y traerlo a nuestro tiempo. Y no ha de perderlo nunca, mientras un olivareño tenga un resquicio de vida, tenga fuer­zas en su cuerpo, porque el último suspiro será de amor rociero.



* * *


Inmaculada Concepción, Virgen sin mancha, Blan­ca Paloma. Y Concepción se llamaba, Reyes Ber­múdez, quien fuera de la Hermandad fundadora y donara el Simpecado para aquel primer camino hasta la Reina y Señora.


Y Concepción se llamaba, aunque Ferrer, otra devota, la que prestara el dinero para la casa que fue en la aldea el primer techo.


Dos nombres entre otros muchos que están en vuestro recuerdo porque todos demostraron ser de verdad rocieros dando aquello que te­nían: el que pudo, su dinero, el otro sus materiales o su trabajo y su esfuerzo.


Y ese es vuestro tesoro, que sois hermanos sinceros, que sois una gran familia tan fuerte como el acero.



Y a las pruebas me remito,

porque hay que ser milagrero

para hacer una capilla

que cueste poco dinero

y en estas fechas se erija

orgulloso monumento

que pregone a todas partes,

que diga a los cuatro vientos,

cómo se une una Hermandad

para encontrar aposento

a su Virgen del Rocío,

a su fervor más intenso,

a aquella que siempre invocan

en el altar de sus pechos,

a aquella que siempre buscan

hasta mecidos en sueños.

La debió así ver Francisco,

perdido en alguno de ellos,

y quiso empezar la obra

cuando volvió a estar despierto.

Y resultó tan hermoso

aquel intento primero

que la Virgen lo llamó

por conocer el proyecto.



* * *



Pero os quedasteis vosotros, de él en el mundo herederos, para levantar la tierra, para forjar los cimientos, para lanzar las dos torres y la cúpula hacia el cielo. ¿Cómo lo habéis conseguido si apenas había dinero? La respuesta es bien sencilla: con amor y con esfuerzo, con el cariño y la entrega de Olivares, que es ejemplo de como trabaja unido, mano a mano, todo un pueblo.


Herrera, Toscano, e hijos, regalaron los terrenos, y los problemas que había los salvó el Ayuntamiento, al comprender la limpieza del sentir olivareño. Porque se empezara pronto, el uno ofertó dinero, y porque éste llegara, los camiones se ofre­cieron para sacar las arenas donde echar buenos cimientos; aquél cal de blanquear, éste máquinas o hierros; y alguien traería ladrillos, otros arena y cemento; y los que nada tenían su trabajo le ofrecieron.


Y así, ladrillo a ladrillo, así, mortero a mortero, va tomando cada día más bella forma este templo que a su Virgen del Rocío Olivares va ofreciendo.


Las vidrieras emplomadas las donó un amigo de ellos, y los que jóvenes son también trabajar quisieron, procurando por sí solos el mármol para los suelos. Todo el que tiene algo útil no duda el ofrecimiento, y el que no tiene lo busca, porque quiere que este templo que le prepara a su Virgen, pasito a pasito hecho, sea de verdad resultado del Amor de todo un pueblo.


Es por eso que la Virgen,

cuando emprendéis el camino,

se esconde en el Simpecado,

junto con su buen Francisco,

cuando la carreta pasa

por la avenida Rocío,

y le enseña, sonriente,

cómo preparan sus hijos

la que habrá de ser su casa

por los siglos de los siglos.

Que el proyecto fue de él

y los demás lo han seguido,

porque a la Virgen le gusta,

porque Dios lo ha bendecido,

y seguro que muy pronto

al volver los peregrinos

en esta Capilla acaban

ese año su camino,

ante esa Virgen de Eslava

que tanto quiere a sus hijos.



Lo quiere así la Hermandad y Olivares todo entero. Desde el mismo presi­dente hasta el último romero, desde el más viejo habitante hasta ese que es más nuevo. Y como quiere la Virgen, y como encontráis dinero, y algunos laboran gra­tis... y hay que quitarse el sombrero viendo lo bien que trabaja este pueblo olivareño, ¡a ver quién puede impedir que le terminéis el templo!



* * *


Se trabaja todo un año, siempre que haya un momento, preparando cada cosa para este gran empeño. Pero nunca han de olvidarse, como buenos rocieros, de que también se les llama a los cultos en el templo, a esa misa rociera poco después del regreso; a ese viernes, cada mes, en emotivo recuerdo de esa oración que se ofrece por los que ya se nos fueron; ni tampoco han de olvidarse de ese otro punto de encuentro, de esa caseta que montan en la feria de este pueblo; de esa fiesta del verano que llaman Rocío pequeño; de esa peregrinación del septiembre marismeño, caminando hasta la ermita sin renegar del esfuerzo... aunque dicen que en Palacio los mosquitos son vencejos.


Y al llegar Todos los Santos no olvidaron, mucho menos, que esperaba allí la Virgen la visita de este pueblo que le rinde pleitesía, que le jura amor eterno, que le reza con fervor, la mira con embeleso y le promete que pronto volverá a verla de nuevo.


Para la Navidad ayudaron al hermano, le llevaron el consuelo y regalos que alegraran en esos días navideños; en la Cuaresma un retiro que es total recogimiento, y en llegando el mes de Mayo este cantar sentimientos, precediendo al Triduo a Ella y el Besamano en su templo.



Y al final, tamborilero,

que salte al aire tu son,

que es cantar lo que yo quiero.

Porque tengo el alma alegre

porque ya estoy presintiendo

que ya se nos va acercando,

poco a poco, el gran momento

de subir el Simpecado

a ese sin par monumento

que es la carreta de plata,

mientras todos los romeros

se arremolinan gozosos

ante tan feliz encuentro.

Ya se encargó la Hermandad

de buscar un cohetero,

de organizar las insignias,

de las bestias, del boyero...

Ya preparó cada uno

sus cosas con todo esmero;

ya organizaron los arcos

y con lonas los cubrieron

antes de orlar las carretas

con blanco y rojo de fuego.

Ya se plancharon los trajes,

se calaron los sombreros,

ya se lustraron los botos,

se hizo acopio de alimento,

se celebró Eucaristía

en comunión de rocieros

por ir en gracia de Dios

a ese encuentro con el cielo.

La emoción ahoga el grito

de quien se encuentra al comienzo

de un camino que discurre

entre cante y sentimiento

que vienen a proclamar

que ha de ser su amor eterno

y quieren por las veredas

gritarlo a los cuatro vientos,

para que los aires lleven

hasta Ella el pensamiento

de que sus hijos ya vienen,

cansados pero contentos,

a postrarse ante sus pies

y a decir desde muy dentro

cómo te quieren, Rocío,

Madre Nuestra de los cielos.

Y mientras esos sonríen,

otros rezan en silencio,

mientras su llanto se hace

río desbordado por dentro.

Este año no me esperes

porque este año no llego,

porque no puedo ir a verte,

porque no es un buen momento,

porque Tú bien sabes, Madre,

los males que estoy sufriendo.

Y por eso no me esperes,

porque este año no llego,

porque me quedo sin verte

aunque de pena me muero,

porque Tú bien sabes, Madre,

lo mucho que yo te quiero.

Los que van y los que quedan

con el corazón deshecho

pero que saben que Ella

siempre les guarda recuerdo.

Ya está todo preparado,

ya ha llegado el gran momento.

Cada cual está en lo suyo

y el Simpecado en el centro.



* * *

Yo quisiera ahora pediros que hagáis todos un esfuerzo: cerrad muy fuerte los ojos, abrid las puertas del pecho, para veniros conmigo a ese camino de ensueño.


Guión del Camino alante y los romeros detrás, los unos sobre el caballo, los otros a caminar delante de un Simpecado que la fuerza le ha de dar.


Cohetes iros al cielo; las campanas repicad por despedir a esta gente que van a peregrinar a aquella Ermita de un día que es Santuario ya, a aque­llas marismas bellas que todos sueñan pisar, como sueñan la Capilla que acaban de rebasar, mien­tras llegan a Sanlúcar y en caminos van a entrar apenas Benacazón hayan dejado detrás.


No importa si el sol castiga, no importa si el agua aflora, no importan los pedregales ni la altura de las lomas, porque al final del camino está la Blanca Paloma. Hay que andar acompasado porque el orden no se rompa, pero cantar sevillanas, que a todo el mundo emo­ciona ver el sentir de esas letras en honor de la Señora.


En Pozo Horcón el almuerzo, que el hambre a veces asola, para vadear después, cuando el sol aún se asoma, ese río que llaman Quema y tanta historia atesora.


Y los del coro, este año, cuando la carreta pasa, no dejar de protegerla y cantar con toda el alma, para que el cielo permita cruzar sin riesgo las aguas:



De Olivares peregrino,

llevo en mi pecho un altar

a la Virgen del Rocío.

Por sevillanas te cantan

todos tus hijos la Salve,

Reina de Cielos y Tierra,

en el Rocío Nuestra Madre.

Virgen de Misericordia,

Madre de Vida y Dulzura,

que con tu manto cobijas

a todas las criaturas.

Por ser Esperanza nuestra,

para siempre Dios te Salve,

con Amor por Ti clamamos

para ahuyentar los pesares.

Y es por Ti que suspiramos,

cuando vamos a tu Ermita,

desde este Valle de Lágrimas,

a ver tu cara bonita.

Se Tú por siempre, Señora,

mejor abogada nuestra,

y míranos con tus ojos

tan cargados de Pureza.

Y después de este destierro

llévanos al Buen Jesús,

fruto de tu limpio vientre

que por mí murió en la Cruz.

Madre Dulce y Piadosa,

siempre Virgen del Rocío,

ruega por todos nosotros

que te amamos y sentimos.

Las promesas de tu Hijo

quiere alcanzar este pueblo,

porque siendo de ello digno

podrá encontrarte en el cielo.

De Olivares peregrino,

llevo en mi pecho un altar

a la Virgen del Rocío.



* * *



Se llegó a la explanada para pasar la noche. Y nadie nota el cansancio, de tanto goce. La carreta en el centro y el Simpecado arriba, que nadie esconde su fe en la que sin mancha concibió hombre.


Y al poco desde ella, un sonido se oye...


"Dios te salve, María, llena eres de gracia..." es un susurro a lo lejos que poco a poco te llama, que poco a poco se extiende y te va llegando al alma porque es tu amor lo que enciende.


Porque es luz entre las sombras y en medio del mismo cerco el estandarte te llama, porque eres buen rociero, para empezar el Rosario, para entonar ese rezo que tanto gusta a la Virgen cuando sale de muy dentro del alma del peregrino que la busca en los senderos, que la encuentra entre retamas, que la quie­re por entero, que no se pliega al cansancio, que no se niega al esfuerzo, que terminada la marcha hace de acampada templo.


Desde el primero hasta el último, uno a uno los misterios, y aunque hay tantos que rezan no se quebranta el silencio.


Porque no hay voz destemplada en medio del sentimiento, porque es una lección el rezar olivareño cuando la noche se hace sobre todo el campamento y aquellos que allí se acercan se admiran ante el ejemplo.


Aunque sea la realeza, que doña Esperanza sabe, que me lo contó Canelo, que hay poca gente que rece como esta de Olivares.



Son misterios dolorosos

los que te reza tu gente

mientras caminan gozosos

a la Aldea para verte.

No vuelven la vista atrás

ni el cansancio los detiene;

si hay un alto en el sendero

canto y oración te ofrecen.

Vuelve Tú el dolor en dicha,

que el romero penitente

sienta la Gracia de Dios

al volver a verte alegre,

con Jesús Niño en tus brazos

y el semblante sonriente.



* * *



Y es primero la oración. La alegría y el cante luego, para entonar sevillanas tan cargadas de requiebros que nadie sabría decir si en vez de canción es rezo.


Puede apagarse la hoguera y podrá rendir el sueño, pero nunca se consume el fuego que llevan dentro esta gente que te ama y que te lleva en su pecho, con tu cara en su medalla y con tanto amor por dentro. Por eso no puede Madre, nunca acabar ese fuego, que doce meses al año, minuto a minuto intenso, se van ellos a buscarte si no sales Tú a su encuentro, por los caminos que llevan a dominios almon­teños o por las calles que cruzan para encontrarte en el templo donde vienen a contarte sus penas o algún secreto, donde ante Ti se arrodillan para rezar en silencio, mientras la luz de tus velas les parecen otro fuego, el de llamas de la hoguera que ilumina tu estandarte, que encierran la misma fuerza de la oración hecha cante de peregrinos que sueñan con llegar pronto a tu encuentro en la Ermita marismeña.



Si es que yo te quiero tanto

que cuando vengo aquí a verte

me imagino por los campos.

Y como se que me quieres

hoy te pido aquí, en tu iglesia,

llegar a verte me dejes

en esa Capilla hermosa

que Olivares quiere hacerte

para que reines dichosa.

Y como se que me quieres

hoy te pido aquí, en tu iglesia,

que a los caminos me lleves

para encontrarte en la aldea

y contarte toas mis cosas

si es que la emoción me deja.

Pero en capilla o aldea,

o en esta iglesia de ahora

quiero que mis ojos vean

tu sonrisa, Mi Señora,

para poderte gritar:

¡ole la Blanca Paloma!



* * *



De la hoguera los rescoldos, sucedieron a las llamas, mientras las sombras se alejan por dar paso a la mañana.


Y una voz rompe el silencio: peregrinos entre mantas, despertad, que viene el día, arriba, que llega el alba, que se han ido los luceros y el tamboril ya te llama a una mesa compartida, tan feliz como temprana, porque en esa Eucaristía, en esa forma sagrada, vas a encontrarte la fuerza del camino que te aguarda.


Y otra vez en hermandad, otra vez en caravana, hay que remontar la loma, hay que cruzar la vaguada, hay que amante hacer camino hacia los pies de la Amada.


En Villamanrique están, esperando la llegada; nos aguardan los hermanos que han venido a saludarla. Y después camino arriba, que­brándose la mañana, Raya Real del sendero, justo al borde de Doñana, Palacio de la Con­desa y esa marisma tan ancha...


Y allá en el fondo Palacio, encuentro de tantas almas, crucero de sentimien­tos, jardín de plata bordada, campo sembrado de hogueras y de gozo encrucijada de aquellos que han recorrido tantos caminos de España.


Vamos a pasar la noche cantando por sevillanas, rezándole a Nuestra Ma­dre, uniendo nuestras plegarias, que van a ser las más bellas que nunca jamás sona­ran, para contarle bajito que en estas horas cercanas ya la dicha nos rebosa por poder verle la cara, la impaciencia les consume y la emoción les embarga y quieren que sea de día aún siendo noche cerrada...


Porque ya estamos tan cerca y está a la vez tan lejana esa tan soñada aldea en la que Tú nos aguardas que nunca jamás las horas podrán parecer tan largas.



Y es que Madre ya te sueñan

y apenas se les contiene.

Quieren correr a tu lado,

quieren verte sonriente,

quieren darte su alegría

y que sus penas consueles,

quieren verte pasear

en los hombros de tu gente,

quieren sobre sus espaldas

esa carga que es tan leve

que parece que al llevarte

un ángel sea quien eleve

todo el peso de tus andas,

y que ellos tan sólo sueñen

que te tienen en sus brazos,

que te besan, que te quieren,

como siempre te han querido

desde la vida a la muerte.



* * *



Peregrinos a caballo, en carreta o caminando, pero en marcha diligente; con el cuerpo dolorido pero el alma siempre alegre; aquél lleva el estandarte y una rama a éste sostiene; milagro de fe y amor, esfuerzo que le enaltece; fervor y alegría unidos que tal vez muchos no entienden, pero que tú sí que sabes de dónde el miste­rio viene, pero que tú sí que sabes esa verdad que otro niegue: caminas hacia la ermita y del mismo Dios te viene la fuerza para llegar ante La que más te quiere.



Ya se llega al Anjolí,

ya se va a cruzar el puente

que parece de marfil

pero es madera crujiente

que le canta a Nuestra Madre

cuando lo cruzan los bueyes.

Cada paso es un quejío

y es un piropo latente,

porque ya se ve la aldea

y hay en el cielo cohetes

que saludan tu llegada

mientras la dicha prometen,

porque ya está cerca Ella

esperándote impaciente.

Y hay un nudo en tu garganta,

y gritos en el ambiente

mientras la emoción te embarga

y el cuerpo se te estremece.

Que la vas a ver a Ella

y Ella espera también verte,

a la Virgen del Rocío,

a Aquella que más te quiere.



* * *



¿Dónde estás tú, rociero, estás quizás en la aldea, o será en el mismo cielo?


Porque sufriste el camino, te rompiste en el esfuerzo, ayudante o ayudado recorriste los senderos, tal vez sudoroso, a veces, soportaste un aguacero, te levan­tastes al alba después de un muy breve sueño, compartiste Eucaristía y del Rosario misterios... pero ahora estás aquí, en esta Aldea que es un pueblo... creado por camuflar las mismas puertas del cielo. Porque en el centro está Ella, en su Santuario eterno, como meta de un camino que año tras año andaremos.



Y apenas entres... a verla,

a postrarse ante sus plantas,

a pedirle su consuelo,

tal vez a darle las gracias,

pero siempre, emocionados,

a ofrecerle una plegaria,

a saludarla tan sólo,

a brindarle toda tu alma,

a quedarnos extasiados

ante su tan bella cara,

a encontrarnos su sonrisa

que nos brinda la esperanza

de saber que, cerca o lejos,

siempre podremos hallarla,

para decirle piropos

cantando por sevillanas

o por contarle tus penas,

que Ella sabrá aliviarlas.

¡Porque este Rocío del cielo,

esta Paloma tan Blanca,

hará siempre de tus noches

hermosa y clara mañana!



* * *



Que la noche sea una fiesta compartida en esta casa que Olivares construyó para aquellos que la aman.


Las familias reunidas y en su sitio el Simpecado, para que entre cante y baile esté siempre preparado para quienes no le olvidan y van a rezarle un rato, o a cantar delante de él, que siempre fue del agrado de la Virgen del Rocío ver a sus hijos cantando.


Mañana otra vez se irá a presentarse ante Ella. Luego a compartir la dicha de una jornada en la aldea. Por la noche habrá un Rosario, entre la luz de las velas, que entre misterio y misterio enciende en tu pecho hoguera.


Y el domingo, en la mañana, compartir Eucaristía, porque no hay para el romero una mayor alegría que recibir en la forma a Aquel que nos dio la vida, a Aquel que nos dio por Madre a Nuestra Virgen María.


Después, espera impaciente, y noche que se hace muy larga. Preparar el Simpecado, alistar todas las varas y en esa jornada alegre, mon­tar alerta la guardia, llegar al Eucaliptal, con dicha que nos embarga, que está llegando el momento que todo un año se aguarda.


Porque ya se acerca el lunes, ya parece que clarea, ya se adivina el momen­to que está cada vez más cerca, de ver venir hacia a ti esa masa que jadea, que pare­ce el oleaje de la mar cuando se altera, que parece un gran trigal cuan­do el viento lo marea. Y se escuchan ya sus gritos mientras por Amor pelean, por querer todos llevar ese peso que no pesa.



Porque en el centro está Ella,

la Virgen que más nos quiere,

la Madre que más queremos,

esa que es Blanca Paloma

que se nos bajó del cielo,

la que Reina en las marismas

y en tu alma, olivareño,

esa que fuiste a buscar

o que te salió al encuentro,

a la que fuiste lloroso

y volviste sonriendo,

que le dijiste tu pena

y Ella la está resolviendo.

Esa que es nuestro consuelo

cuando se nos quiebra el alma,

Esa que siempre sonríe

cuando sus romeros cantan,

Esa que es todo alegría

como fue Valle de Lágrimas,

Esa que está allí, en su ermita,

y está también en tu casa,

Esa que tiene su altar

en el fondo de tu alma,

Esa que te hace llorar

mientras en el cielo estallan

los cohetes que pregonan

que ya viene a esta explanada,

mientras repican, contentas,

en el aire las campanas

porque llegó ya el momento

de que el lunes sea mañana,

Esa que al verla venir

te hace un nudo en la garganta

porque no puedes contarle,

de verdad, cuánto la amas,

porque no sabrías decirlo,

porque no existen palabras.



* * *



Viene hasta ti entre la gente, ya está cada vez más cerca, aunque de pronto parece que otra vez de ti se aleja; ya en tu rojo Simpecado su semblante se refleja, y en el alma de esa insignia con Olivares se encuentra. Ya se va a acabar por fin la que fue tremenda espera, con horas tan largas siempre aunque fue alegre la senda. Ya se te viene flotando sobre bos­que de cabezas, y los gritos y los rezos hasta muy dentro te entran; ya llega al eucaliptal donde escondida estuviera, esperando que al rescate aquel cazador viniera. Y ahora ya viene de fren­te, está cada vez más cerca; mecida entre tantos brazos, ahora ya no se te aleja.



Y tú que la ves venir,

no quisieras que se vaya.

Quisieras tenerla siempre

bien guardada allí en tu casa.

Pero se viene, y se va,

volando sobre sus andas;

y no se detiene el tiempo,

que es lo que más desearas,

mientras rezas en silencio

o le gritas "no te vayas",

y las campanas repican,

y hay lágrimas en tu cara,

y no te sale la voz,

porque esta vez, al mirarla,

te pareció que a su vez

Ella también te miraba,

y la Luz que hay en sus ojos

se te quedó tan clavada,

se adentró tanto en tu pecho

su mensaje de Esperanza,

que apenas si resonaron

tus temblorosas palabras:

"¡Madre Mía del Rocío,

Madre Mía de mi alma!".



* * *



Qué triste se queda todo; qué pronto acaba lo bueno, porque hay que volver a tierra después de estar en el cielo.


Por eso a cantes y gritos han vencido los silencios, mientras en todos los ojos hay un aire de embeleso; y hay emoción compartida y amor fraternal sincero, cuando al cortar el bizcocho viene Hermano Mayor nuevo.


A ti que te vas del cargo te estarán agradecidos, como lo están a la Virgen porque con su Gracia hizo que sanara de su mal ese hermano tan querido. Y a aquel que será el futuro le brindarán sus esfuerzos para que el año que viene todos los olivareños vuelvan a hacer el camino con amor y sentimiento.


Los mismos que habrá después, con tanto recogimiento, en medio del Santuario, que ahora se volvió silencio, en la Misa del adiós, en ese triste momento de despedirnos de Ella antes de emprender regreso.



Adiós, Madre, ya me voy,

pero Contigo me quedo,

que no quisiera alejarme,

que me voy pero no quiero,

porque quisiera tener

siempre mi casa en tu templo.

Pero sé que no es posible,

pero sé que no hay remedio,

que mañana, con el alba,

hay que empezar el regreso,

hay que hacer ese camino

que es tan difícil hacerlo

porque me aleja de Ti,

que eres lo que yo más quiero.

Para acá me vine alegre,

vine cantando y riendo;

por cada paso que daba

me quedaba un paso menos

para llegar ante Ti,

que eres lo que yo más quiero.

Ahora por paso que de

un mundo quedará enmedio,

ahora metro que camine

es metro que no deseo

porque me aleja de Ti,

que eres lo que yo más quiero.

Por eso te digo adiós,

mientras me rompo por dentro,

por eso te digo adiós,

pero Contigo me quedo,

porque al no poder tener

siempre mi casa en tu templo,

te he construido un altar

en lo mejor de mi pecho

por no alejarme de Ti,

que eres lo que yo más quiero.



* * *



Y aunque la lleves contigo, tienes que volver al pueblo. Villamanrique fue fiesta y hoy se duerme en el silencio, mientras que cerca de ella montamos el campa­mento, poniendo otra vez ahora el Simpecado en el centro. Y aunque gozosos son hoy del Rosario los misterios, son mucho más dolorosos en el sentir del romero, que triste y cansado cubre el camino de regreso.


La noche está más calmada y la hoguera, en sus reflejos, te rememora esas velas que te traen tantos recuerdos del Rosario de Hermandades, de tu visita a su templo, de aquello que le dijiste, gritándole o en silencio, porque tú sabes que escu­cha las plegarias y lamentos que de una forma o de otra le plan­tean los rocieros.


Y así, pensando en la Virgen, al final te vence el sueño.


Que se truncará en el alba, cuando entre olor de romero, suene el toque de diana que lanza el tamborilero. Hay que seguir caminando, por veredas y senderos, por mucho que sea el cansancio, por grande que sea tu duelo porque la dejaste allí, aunque la traes en tu pecho. Y así habrás de demostrarlo, así habrás de hacer saber­lo, a todos los que te esperan cuando regresáis al pueblo.


Y sobre todo a ese hermano que sabes buen rociero y que no pudo cantar este año en los senderos, que no rezó con vosotros esos sagrados misterios del Rosario que se reza por la noche en el silencio, que no pernoctó en Palacio en esa unión de romeros, que no estuvo en vues­tra casa compartiendo vuestro techo, que faltó al eucaliptal al llegar el gran mo­mento.


Tú sabes cuánto se sufre cuando el camino se ha hecho y un año, por lo que sea, no puedes volver a hacerlo; tú sabes como se siente cuan­do no existe ese en­cuentro con el Rosario en la noche, con cantes entre misterios, o con la llamada al alba del sonar tamborilero...



Por eso, vete hacia él, y cuéntale tu secreto:


Al postrarme ante sus pies,

te tuve en mi pensamiento,

y le pedí que aliviara

de tu pecho el sufrimiento

por no haber podido hacer

nuestro camino del cielo.

Y aunque algunos no lo crean,

Ella y su Hijo rieron,

felices de comprender

que a los dos estaban viendo,

a ti y a mí, ante sus plantas,

a dos buenos rocieros,

aunque uno estaba cerca

y el otro quedara lejos.

Yo recé por ti y por mí

y Ella a los dos nos bendijo.

Y aunque muchos no lo crean

después me dijo, bajito,

que te cogiera este agua,

que los dos han bendecido,

de ese hondo pozo que hay

cuando se acaba el camino;

y que te dijera al verte,

al volver de peregrino,

que quien me mandó traerla

fue tu Virgen del Rocío,

la que me dio este mensaje

tan corto como te digo:

¡que aunque no pudiste ir

Ella sí estuvo contigo!



* * *


Sonó la Marcha Real, se marcharon los vecinos; se colocó el Simpecado, ya los hermanos se han ido; se acabó la romería, ya se terminó el camino...



Y de nuevo aquí me encuentro,

no sé si al fin o al principio;

no sé qué es lo que ha pasado

ni se si me habré perdido.

Quise hacer camino recto

de este Pregón del Rocío

y no sé si lo logré

o el Amor me ha confundido.

Por eso pido perdón,

a Ti y a todos tus hijos,

si me llevó el sentimiento,

si me perdí en el camino,

si no supe pregonar,

si no satisfice el rito.

Perdóname, Virgen Mía,

que me perdonen tus hijos.

No me faltó voluntad

y mucho menos cariño,

porque yo quise poner

todos mis cinco sentidos

en decirte que te quiero,

Madre Mía del Rocío.



He dicho.



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